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El Amor…

Ese portal invisible donde el alma tiembla y el universo respira dentro de nosotros.

Es una puerta que no se abre hacia afuera, sino hacia adentro.

Un umbral sagrado donde el placer no es solo del cuerpo, sino de la conciencia que se reconoce en otro latido. Y junto a esa dulzura, habita también el vértigo… el temblor de trascenderme, de soltar las fronteras del “yo” para fundirme en el misterio del “nosotros”.

Amar es entrar en una órbita desconocida.

Es dejar que el ego se diluya como polvo de estrellas en la inmensidad del cosmos compartido. Me desdibujo… sí. Me pierdo… sí. Pero no como quien cae en la nada, sino como quien se entrega al océano sabiendo que el agua también es su origen.

En el goce con el ser amado hay una alquimia divina:

dos energías que se entrelazan, dos fuegos que se reconocen como chispas de la misma Fuente. Y cuando su mirada me devuelve, no regreso igual. Vuelvo transformada, como quien ha atravesado una galaxia interior.

Porque el amor no me arrebata, me revela.

No me borra, me expande.

No me quita, me devuelve al centro de mi celebración y también al corazón de mi tormenta, donde habita mi verdad más profunda.

Amar es morir un poco al miedo y renacer en la conciencia.

Es comprender que al perderme en el otro, me encuentro, más pura, más vasta, más eterna. siendo reflejo del infinito que ambos somos.



Autor:EDITORIAL

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