Warning: mysqli_stmt::close(): Couldn't fetch mysqli_stmt in /home/c2060665/public_html/articulo.php on line 137
Una persona nos plantea algo muy profundo: sentir que hay un patrón de autodaño emocional, casi como una adicción al malestar, como si el cuerpo y la psique buscaran ese estado de intensidad —cortisol, adrenalina, tensión— aunque conscientemente ya no se quiera.
Esto, aunque desconcertante, tiene una lógica interna.
La psique humana no busca solo lo que es bueno…
busca también lo que es familiar.
Si durante mucho tiempo una persona ha vivido en estados de alerta, estrés, conflicto o inestabilidad emocional, su sistema nervioso y su mundo psíquico se acostumbran a ese nivel de activación. Ese estado, aunque incómodo, se vuelve conocido… y por lo tanto, paradójicamente, seguro.
Entonces ocurre algo muy importante:
la calma empieza a sentirse extraña…
y el malestar, conocido.
Desde fuera parece autodaño.
Desde dentro, es repetición de lo aprendido.
Jung observaría aquí la acción de un complejo. Un núcleo inconsciente que no solo contiene memoria emocional, sino también una tendencia a recrear ciertas experiencias. No porque la persona quiera sufrir, sino porque hay algo no resuelto que busca expresarse una y otra vez.
Por eso aparece esa sensación de “enganche” al malestar.
No es solo química (aunque el cuerpo participa).
Es también psicológica y simbólica.
Entonces, ¿cómo se rompe este patrón?
Primero, dejando de verlo como un enemigo.
Porque en el fondo, esa parte que busca intensidad está intentando algo: mantenerte en un terreno que conoce, donde sabe cómo sobrevivir.
El cambio no ocurre luchando contra esa parte, sino haciéndola consciente.
Empezar a notar:
¿cuándo aparece la necesidad de activar el conflicto?
¿qué ocurre justo antes?
¿qué sensación hay en el cuerpo cuando todo está en calma?
Muchas personas descubren algo clave:
la calma no se siente segura al inicio.
Se siente vacía, incómoda… incluso inquietante.
Ahí está el punto de trabajo.
No se trata solo de evitar el malestar, sino de aprender a tolerar la calma sin sabotearla.
Esto requiere tiempo, porque implica reeducar tanto a la psique como al cuerpo.
También es importante introducir pequeñas interrupciones en el patrón. No grandes cambios, sino momentos donde, en lugar de seguir la reacción automática, se hace algo distinto, aunque sea mínimo. Ahí empieza a debilitarse la repetición.
Y hay una pregunta clave que abre este proceso:
¿qué parte de mí solo se siente viva cuando hay intensidad?
Porque muchas veces, detrás de esta dinámica, hay una asociación profunda entre intensidad y existencia. Como si sin ese nivel de activación… uno no terminara de sentirse.
El trabajo, entonces, no es eliminar la intensidad.
Es descubrir que también se puede estar vivo… en la calma.
Y eso, al inicio, es lo más difícil.
Pero también es donde comienza la verdadera libertad.