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El Día de las Comadres

El Día de las Comadres no nació como una simple reunión festiva: es la herencia viva de una forma antigua de entender la comunidad. Mucho antes de que el calendario cristiano organizara las celebraciones, en el mundo andino las mujeres ocupaban un lugar central en los rituales ligados a la fertilidad, la tierra y la continuidad de la vida. En las sociedades quechua–aymaras —y en el vasto territorio que luego integró el Imperio incaico— la reciprocidad (ayni) no era solo una práctica económica, sino un principio espiritual: nadie existía aislado, todo vínculo implicaba cuidado mutuo y compromiso.

En ese entramado simbólico, las mujeres sostenían ceremonias relacionadas con la Pachamama y los ciclos agrícolas. Celebraban la abundancia, pedían protección y renovaban lazos que no dependían únicamente de la sangre. El parentesco ritual —esa forma de “familia elegida”— ya formaba parte del tejido social andino. Con la llegada de la colonización y el cristianismo, esas prácticas no desaparecieron: se transformaron. El término “comadre”, asociado al madrinazgo y al bautismo, vino a reforzar y resignificar vínculos que en realidad tenían raíces mucho más antiguas.

Así, el Día de las Comadres quedó situado en el calendario en el jueves previo al Carnaval, una fecha que marca el umbral entre lo cotidiano y lo festivo, entre el orden y la celebración. En Salta, Jujuy y en amplias regiones del sur de Bolivia, la jornada conserva una intensidad particular. Las mujeres se reúnen —tradicionalmente sin presencia masculina— para compartir comidas típicas como tamales, humitas o anchi; se alzan coplas picarescas, circula la chicha o el vino, y el canto se mezcla con la risa. Pero más allá de la música y la comida, lo que se celebra es la alianza: la amistad que se declara públicamente, el parentesco simbólico que se reafirma.

No es solo una fiesta: es un espacio de hermandad femenina y de afirmación social. Durante siglos, en contextos donde la voz pública de las mujeres fue limitada, estas reuniones funcionaron como territorios propios, ámbitos de decisión, complicidad y resistencia cultural.

En Santiago del Estero, aunque la celebración no alcanzó la misma magnitud que en las provincias más profundamente ligadas al mundo altoperuano, la tradición dejó huella. En comunidades con fuerte raíz andina o con lazos históricos con el Alto Perú, el Día de las Comadres se integró a costumbres criollas y carnavalescas, adaptándose al paisaje cultural santiagueño. Como tantas expresiones del noroeste argentino, no se trata de una tradición pura ni estática, sino de un tejido mestizo donde lo indígena, lo colonial y lo popular dialogan.

El Día de las Comadres, en definitiva, es memoria en movimiento: una celebración que recuerda que los vínculos elegidos pueden ser tan fuertes como los de sangre y que, en el corazón de los Andes, la comunidad siempre fue una forma de sobrevivir y de celebrar la vida.



Autor:EDITORIAL

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