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“El 23 de mayo de 1984 fue la última vez que vi a mi esposo”, recuerda Rosalina. Dos años antes, su padre también había desaparecido.
El conflicto armado entre militares y grupos guerrilleros en Guatemala, que se extendió por 36 años, asesinó a al menos 200.000 personas, en su mayoría, indígenas. Aún no se ha logrado identificar a muchos cadáveres, y la mayoría de las personas desaparecidas continúan siéndolo. Miles de familias guatemaltecas no han podido cerrar las heridas; Rosalina y las mujeres que apoya son parte de ellas.
“Fue detenido por el ejército. Desde entonces, no ha regresado. Lo busqué en los hospitales, las calles y las prisiones. Nunca lo encontré”, recuerda Rosalina sobre la desaparición de su esposo. Para entonces, Velásquez tenía 28 años. A los 63 años, sigue buscando los restos de su padre y de su esposo.
“Todavía espero encontrar sus cuerpos. Cada vez que realizamos una nueva exhumación, resurgen las esperanzas. Cuando la exhumación termina, las esperanzas se derrumban”.
Sin embargo, ella afirma que su búsqueda no es sólo por su familia. Es también la búsqueda por la paz y la dignidad de miles de mujeres indígenas violadas que perdieron a sus padres, esposos, hijos y hermanos: “Quizás no sabíamos qué eran los derechos humanos, pero sí sabíamos qué era vivir en libertad. Cuando se desató el conflicto, la libertad, la paz y la seguridad se esfumaron”.
“Seguiremos buscando a nuestros muertos y exigiendo la verdad”.
“En el dolor encontré fortaleza: miré a la muerte a la cara y entendí que ya no tenía miedo”, dice Rosalina. “Me sentía tan sola, pero luego miré a mi alrededor y encontré a otras mujeres que también lloraban y buscaban a sus seres queridos. En 1988, ayudé a fundar la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (CONAVIGUA) para buscar justicia y resistencia pacífica a la violencia”.
“Más de 30 años después, el camino a la justicia sigue obstaculizado por la impunidad y la corrupción. Pese a los miles de muertos, sólo han llegado a las cortes unos pocos casos”, dice.
“Lo que sucedió fue un genocidio; pero nos han repetido una y otra vez que el procedimiento de justicia depende de que aceptemos la amnistía para quienes causaron la muerte de nuestras familias. La palabra ‘perdón’ todavía está muy lejos de nuestra realidad”.
Rosalina vive en la municipalidad de San Juan Comalapa, a unos 80 kilómetros de la ciudad de Guatemala. Se estima que en esta área, entre 4000 y 5000 personas fueron víctimas de la desaparición forzada durante el conflicto. Rosalina fue fundamental en la creación de un memorial para las víctimas del conflicto de Comalapa, que se llamó “Centro de la Memoria Histórica de las Mujeres”.
“Presencié la fortaleza que tienen las mujeres para enfrentar y trascender el miedo, para alzar la voz y buscar justicia. Si bien puede que haya violencia e incertidumbre a nuestro alrededor, las voces y los corazones de las mujeres son armas contra la impunidad”.