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La Perdida

Una persona nos comparte una experiencia profundamente dolorosa: la pérdida de un bebé, en un momento en el que sentía que comenzaba a salir de una etapa difícil. Y con ello aparece una vivencia muy particular: la sensación de fragmentación.

Cuando ocurre una pérdida así, no solo se pierde algo externo.

Se rompe algo interno

El duelo en estos casos no es solo tristeza. Es una experiencia que atraviesa múltiples capas de la psique. Hay dolor, sí, pero también puede haber desconcierto, vacío, incluso una sensación de irrealidad. Como si la vida se hubiera interrumpido en un punto donde todo tenía sentido… y de pronto ya no lo tiene.

Jung observó que cuando vivimos experiencias profundamente significativas, no solo se involucran emociones, sino también imágenes internas, expectativas, futuro psíquico. En este caso, no solo se pierde al ser que venía, sino también todo lo que representaba: el vínculo, el proyecto, la continuidad.

Por eso aparece esa sensación de fragmentación.

No es exageración. Es real.

Una parte de la psique queda detenida en lo que pudo haber sido.

También puede aparecer lo que llamas el “ego herido”. El ego intenta comprender, encontrar sentido, sostener una narrativa… pero se encuentra con algo que no puede ordenar fácilmente. Y eso genera una herida profunda: la sensación de pérdida de control, de ruptura del sentido, incluso de injusticia.

En estos momentos, la tendencia natural es querer recomponerse rápido, “volver a ser quien eras”. Pero aquí hay algo importante:

no se vuelve a ser la misma persona después de una pérdida así.

Y eso no es un fracaso del proceso.

Es parte de él.

La reintegración no consiste en reconstruir exactamente lo que eras, sino en permitir que esa experiencia encuentre un lugar dentro de ti. No como algo que se supera y desaparece, sino como algo que se integra en tu historia psíquica.

Al inicio, la fragmentación se siente como ruptura.

Con el tiempo, si el proceso se permite, puede convertirse en una forma distinta de unidad.

Una unidad más consciente, más profunda, aunque también más sensible.

No hay prisa en este proceso. El duelo tiene su propio ritmo. Y en experiencias así, ese ritmo no es lineal. Hay momentos de mayor dolor, otros de aparente calma, otros donde todo vuelve a moverse.

Poco a poco, la psique va haciendo algo muy sutil:

empieza a sostener lo ocurrido sin desbordarse completamente.

Y ahí comienza la reintegración.

No como olvido.

No como cierre definitivo.

Sino como la capacidad de seguir viviendo sin negar lo que se ha vivido.

Porque hay pérdidas que no se “superan”.

Se transforman en una presencia distinta dentro de nosotros.

Y aunque ahora todo pueda sentirse roto, hay algo que permanece:

la capacidad de la psique de reorganizarse, de encontrar nuevas formas de sentido, incluso después de lo más difícil.



Autor:EDITORIAL

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