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La voz de la infancia

Entre noviembre de 2025 y enero de 2026, miles de voces jóvenes alrededor del mundo se unieron para contar una realidad que no siempre ocupa titulares. Más de 112.800 participantes de más de 120 países respondieron una encuesta global impulsada por UNICEF , y los resultados dejan una mezcla profunda de preocupación… y esperanza.

Porque, aunque parezca difícil de creer, millones de niños y adolescentes aún no saben que tienen derechos.

Uno de los datos más impactantes revela que el 36% de los encuestados nunca ha oído hablar de los derechos de la infancia. Apenas un 23% afirma conocerlos bien. En un mundo donde la información circula a velocidades impensadas, este silencio no es casual: habla de deudas pendientes en la educación, en las comunidades y en los espacios donde deberían construirse las bases de la ciudadanía.

La brecha es aún más marcada entre los más jóvenes. Entre los menores de 18 años, el desconocimiento crece, como si la infancia —justamente la etapa que más necesita protección— fuera también la más desinformada.

Pero saber es solo el primer paso. La pregunta que duele es otra: ¿se respetan realmente esos derechos?

Solo el 35% de los jóvenes cree que sí, que siempre se respetan. La mayoría, en cambio, describe una realidad intermitente: derechos que a veces se cumplen y otras veces se ignoran. Un 22% asegura que rara vez se respetan, y un 6% va más allá: nunca.

En algunas regiones del mundo, la situación es aún más crítica. Allí, crecer implica muchas veces hacerlo sin garantías básicas, sin protección, sin voz.

Y es justamente la voz lo que también aparece como una deuda urgente. Porque si bien los niños tienen derecho a opinar y a ser escuchados, apenas el 27% siente que siempre tiene esa oportunidad. Para muchos, expresar lo que piensan sigue siendo un privilegio ocasional, no un derecho garantizado.

Sin embargo, en medio de este escenario desafiante, emerge una fuerza silenciosa pero poderosa: la de los propios jóvenes.

Casi siete de cada diez encuestados aseguran que ya están haciendo algo —a veces o siempre— para defender los derechos de la infancia en sus comunidades. No esperan a ser adultos, no esperan permisos: actúan, participan, se involucran.

Desde distintos rincones del planeta, sus acciones —grandes o pequeñas— construyen una red invisible de compromiso y cambio. Como expresó un joven participante desde Kenia: “La resiliencia y la determinación de los jóvenes me dan esperanza. Los niños que defienden sus derechos inspiran a otros a hacer lo mismo.”

Escuchar estas voces no es solo un acto de empatía. Es una necesidad. Porque en ellas hay claves para entender lo que funciona, lo que falla y lo que aún queda por hacer. Son miradas frescas, directas, muchas veces incómodas, pero imprescindibles para construir políticas más justas y realidades más humanas.

La infancia no es el futuro: es el presente. Y en ese presente, millones de niños están pidiendo algo tan básico como urgente: ser vistos, ser escuchados y vivir con dignidad.

La buena noticia es que ya empezaron a hacerse oír. La gran pregunta es si el mundo está listo para escuchar.



Autor:EDITORIAL

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