¿Sabías que entregamos trozos de nuestra vida cada vez que regalamos nuestro tiempo?
A veces lo damos sin medida, como si nunca fuera a agotarse.
Y, sin embargo, el alma aprende a reconocer quién sostiene lo que le ofrecemos y quién lo deja caer sin siquiera mirarlo.
Hay una grieta silenciosa que aparece cuando nos damos demasiado a quienes nunca se quedan.
Pero esa misma grieta, si la miras con calma, te revela un brillo nuevo, el de tu propio Kintsugi interior, recordándote que tu tiempo es un tesoro, y que solo quienes saben valorarlo pueden caminar a tu lado sin romper tu luz.
Nosotros, los que aprendimos a reconstruirnos, sabemos que, darse no es perderse.
Es elegir.
Y elegir bien también es una forma de amar y de amarnos a nosotros mismos.