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La Somatización

En nuestra sociedad, a menudo nos enseñan a "ser fuertes", a no llorar o a no mostrar enfado, tristeza o miedo.

Muchas personas crecen reprimiendo sus emociones por miedo al rechazo, por normas culturales o porque simplemente no saben cómo expresarlas.

Sin embargo, las emociones no desaparecen solo porque las ignoremos: son energía que necesita salir. 

Cuando no las procesamos ni las expresamos de forma saludable, el cuerpo encuentra su propia manera de manifestarlas.

Esto se conoce como somatización.

La somatización es el proceso por el cual conflictos emocionales, estrés o emociones reprimidas se transforman en síntomas físicos reales, sin que exista una causa médica orgánica evidente.

No es que la persona "invente" el dolor ,el malestar es genuino, el cuerpo actúa como un "mensajero" de lo que la mente no ha podido decir.

Es una conexión profunda entre mente y cuerpo: el estrés crónico o las emociones no gestionadas activan respuestas fisiológicas (como tensión muscular o alteraciones hormonales) que, con el tiempo, generan dolencias.

Ejemplos comunes de cómo el cuerpo somatiza emociones reprimidas

Estrés o ansiedad:

 Dolor de cabeza tensional, migrañas, nudo en la garganta o presión en el pecho.

Tristeza o duelo no procesado:

 Fatiga crónica, cansancio extremo o problemas para dormir.

Enfado o ira reprimida:

 Tensiones musculares (especialmente en cuello, hombros y espalda), problemas digestivos como gastritis o colon irritable.

Miedo o inseguridad:

 Palpitaciones, falta de aire o problemas en la piel (como eccema o irritaciones).

Frustración acumulada:

 Dolor de estómago, náuseas o hipertensión.

Estos síntomas pueden aparecer de forma puntual (por ejemplo, un dolor de cabeza después de un día muy estresante) o volverse crónicos si la represión emocional es habitual.

 En casos más intensos, pueden derivar en trastornos psicosomáticos que afectan seriamente la calidad de vida.

¿Por qué ocurre esto?

Desde la infancia, si aprendemos que expresar emociones es "débil" o inadecuado, internalizamos esa represión.

El cuerpo, al no encontrar salida verbal, acumula tensión:

El sistema nervioso autónomo se altera, se libera más cortisol (hormona del estrés) y se debilita el sistema inmunológico.

A largo plazo, esto puede aumentar el riesgo de enfermedades cardiovasculares, problemas inmunes o incluso contribuir a condiciones crónicas.

Lo importante es entender que la somatización no es una debilidad, sino una señal de alarma:

 El cuerpo nos está pidiendo que atendamos nuestro mundo emocional.

¿Qué podemos hacer para evitarlo?

Reconocer y nombrar las emociones:

Pregúntate "¿Qué estoy sintiendo ahora?" y acéptalo sin juzgar.

Expresarlas de forma saludable:

Habla con alguien de confianza, escribe un diario, llora si lo necesitas o practica ejercicio.

Practicar mindfulness o relajación:

 Ayuda a conectar mente y cuerpo, reduciendo la tensión acumulada.

Buscar ayuda profesional:

Un psicólogo puede enseñarte herramientas para gestionar emociones y procesar conflictos internos.

La terapia es especialmente útil si hay traumas o patrones de represión profundos.

Escuchar a nuestro cuerpo no solo alivia síntomas físicos, sino que nos permite vivir con mayor equilibrio emocional.

Recuerda: reprimir no elimina el dolor, solo lo desplaza. 

Permitirte sentir es el primer paso hacia el bienestar integral.

En nuestra sociedad, a menudo nos enseñan a "ser fuertes", a no llorar o a no mostrar enfado, tristeza o miedo.

 Muchas personas crecen reprimiendo sus emociones por miedo al rechazo, por normas culturales o porque simplemente no saben cómo expresarlas.

Sin embargo, las emociones no desaparecen solo porque las ignoremos: son energía que necesita salir. 

Cuando no las procesamos ni las expresamos de forma saludable, el cuerpo encuentra su propia manera de manifestarlas.

Esto se conoce como somatización.

La somatización es el proceso por el cual conflictos emocionales, estrés o emociones reprimidas se transforman en síntomas físicos reales, sin que exista una causa médica orgánica evidente.

No es que la persona "invente" el dolor ,el malestar es genuino, el cuerpo actúa como un "mensajero" de lo que la mente no ha podido decir.

Es una conexión profunda entre mente y cuerpo: el estrés crónico o las emociones no gestionadas activan respuestas fisiológicas (como tensión muscular o alteraciones hormonales) que, con el tiempo, generan dolencias.

Ejemplos comunes de cómo el cuerpo somatiza emociones reprimidas

Estrés o ansiedad:

Dolor de cabeza tensional, migrañas, nudo en la garganta o presión en el pecho.

Tristeza o duelo no procesado:

Fatiga crónica, cansancio extremo o problemas para dormir.

Enfado o ira reprimida:

Tensiones musculares (especialmente en cuello, hombros y espalda), problemas digestivos como gastritis o colon irritable.

Miedo o inseguridad:

Palpitaciones, falta de aire o problemas en la piel (como eccema o irritaciones).

Frustración acumulada:

Dolor de estómago, náuseas o hipertensión.

Estos síntomas pueden aparecer de forma puntual (por ejemplo, un dolor de cabeza después de un día muy estresante) o volverse crónicos si la represión emocional es habitual.

 En casos más intensos, pueden derivar en trastornos psicosomáticos que afectan seriamente la calidad de vida.

¿Por qué ocurre esto?

Desde la infancia, si aprendemos que expresar emociones es "débil" o inadecuado, internalizamos esa represión.

El cuerpo, al no encontrar salida verbal, acumula tensión:

El sistema nervioso autónomo se altera, se libera más cortisol (hormona del estrés) y se debilita el sistema inmunológico.

A largo plazo, esto puede aumentar el riesgo de enfermedades cardiovasculares, problemas inmunes o incluso contribuir a condiciones crónicas.

Lo importante es entender que la somatización no es una debilidad, sino una señal de alarma:

El cuerpo nos está pidiendo que atendamos nuestro mundo emocional.

¿Qué podemos hacer para evitarlo?

 Reconocer y nombrar las emociones:

 Pregúntate "¿Qué estoy sintiendo ahora?" y acéptalo sin juzgar.

Expresarlas de forma saludable:

 Habla con alguien de confianza, escribe un diario, llora si lo necesitas o practica ejercicio.

Practicar mindfulness o relajación:

Ayuda a conectar mente y cuerpo, reduciendo la tensión acumulada.

Buscar ayuda profesional:

Un psicólogo puede enseñarte herramientas para gestionar emociones y procesar conflictos internos.

La terapia es especialmente útil si hay traumas o patrones de represión profundos.

Escuchar a nuestro cuerpo no solo alivia síntomas físicos, sino que nos permite vivir con mayor equilibrio emocional.

Recuerda: reprimir no elimina el dolor, solo lo desplaza. 

Permitirte sentir es el primer paso hacia el bienestar integral.



Autor:EDITORIAL

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