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La Navidad

La Navidad no es solo una fecha.

Es una puerta abierta al inconsciente.

Algo en el aire nos vuelve más sensibles, más permeables, como si el calendario tocara una fibra antigua que no siempre sabemos nombrar.

En Navidad, la psique recuerda.

Recuerda mesas llenas o vacías, voces que ya no están, abrazos que faltaron y otros que nunca llegaron.

La mente adulta intenta celebrar, pero el niño interior aparece sin permiso.

Ese niño que esperó amor, seguridad, miradas que dijeran “estás a salvo”.

Si esas necesidades fueron cubiertas, hay calma.

Si no, hay una tristeza suave, difusa, difícil de explicar.

La psicología lo sabe: las fiestas activan la memoria emocional.

No sufrimos por la Navidad, sino por lo que ella despierta.

La sociedad exige alegría, pero el alma no responde a mandatos.

Entonces aparece la culpa:

“Debería estar bien”.

Y esa distancia entre lo que sentimos y lo que se espera duele más que la soledad misma.

Para algunos, la Navidad es refugio.

Para otros, espejo.

Un espejo que muestra vínculos rotos, ausencias irreparables, o una vida que no se parece al ideal prometido.

Desde lo psicológico, no es debilidad sentirse distinto en estas fechas.

Es humanidad.

La Navidad desarma defensas.

Baja la guardia del yo.

Por eso hay más llanto, más nostalgia, más necesidad de sentido.

Pero también hay una oportunidad silenciosa: la de mirarnos con honestidad, sin exigirnos felicidad, sin negar lo que duele.

Sanar no es celebrar con fuegos artificiales.

A veces sanar es permitirnos sentir sin juzgarnos.

Quizás la Navidad no vino a hacernos felices, sino conscientes.

Conscientes de lo que falta, de lo que duele, y también de lo que aún merece cuidado.

Y tal vez, si aprendemos a acompañarnos en esa verdad, la paz no llegue como fiesta, sino como descanso.



Autor:EDITORIAL

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