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Las redes sociales prometieron “conexión” y más bien, terminaron siendo “comparación”. Se crearon con la idea de “compartir” y terminaron siendo un espacio para “exhibir”, como una vitrina de una tienda de avenida, para exponer vidas editadas, felicidades filtradas, opiniones reducidas a consignas y emociones comprimidas en un “me gusta”.
Y es que el problema no son las aplicaciones, es el uso acrítico que hemos hecho de estas; porque lejos de acelerar el juicio, a veces debilitan la reflexión. ¡Es tan poco el debate, el diálogo y la opinión! Porque antes de comprender y presentar un punto de vista, primero hay insultos. Parece que pensar distinto exige “coraje” en un espacio que premia la repetición y castiga la “disidencia”. En un espacio donde el algoritmo no busca verdad ni profundidad; busca permanencia, atención, reacción. Y en ese intercambio, quienes pagamos somos nosotros, con ansiedad, dependencia, adición y una identidad moldeada por la mirada ajena.
Además, se confunde “visibilidad” con “valor”. Quien no publica parece no existir; quien no recibe aprobación duda de sí mismo. Y así, la intimidad deja de ser “privada” para volverse un espectáculo; un circo donde el silencio y la privacidad real es más bien sospechosa.
Hemos perdido tanto la capacidad de estar a solas, sin sentirnos ausentes del mundo. ¿Pero cuál es el verdadero mundo? ¿El de las pantallas? Porque usadas “sin conciencia”, las redes no nos amplían la libertad; más bien, la condicionan. Nos dicen qué desear, a quién odiar, qué indignación está de moda hoy y terminamos adictos…
Me pregunto si la verdadera revolución, sea desconectarse del todo o recuperar el criterio y usar las redes sin permitir que ellas nos usen. Quizás volver a la conversación lenta, al pensamiento propio, al valor de una vida que no necesita ser validada por una pantalla… pueda ser la salida. ¡Porque no todo lo que importa se publica, y no todo lo que se publica importa!
¡Que tengan un feliz día!