La partida sucede una sola vez,
como el primer desgarro del velo
cuando la oscuridad aprende a pronunciar nuestro nombre.
Imagino entonces un enjambre antiguo—reinas hambrientas, obreras sin ojos—
reclamando al macho para destilar miel negra.
Él, tembloroso entre el sacrificio y la tentación,
eligió la condena que excita:
ser amado hasta que el amor duela,
ser poseído por aquello que no se puede nombrar sin gemir.
El hedonismo estalla cuando invoco tu nombre;
se vuelve un cuerpo de luz húmeda que me toma por la cintura.
Y aun así, dentro mío, late el desierto:
una vasija que se agrieta esperando tu sed.
Niego la moral; acepto mi ética de sombra,
la que se enciende cuando tus manos rozan lo prohibido.
Reniego de la libertad que desgarra,
prefiero la prisión que tiene tu forma.
Buscadora del placer —ese relámpago húmedo,
fugaz estallido que licúa la razón—,
me dejo caer en su sombra ardiente.