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Se rompe por el ruido, no nos engañemos.
Nadie vuelve a casa buscando otra batalla emocional.
Ni hombres ni mujeres.
La pareja no es un ring terapéutico, ni un tribunal, ni una auditoría afectiva.
Es o debería ser refugio.
Nadie ama donde tiene que defenderse.
Cuando cada conversación se siente como un examen oral, cuando cada silencio se interpreta como culpa, cuando cada desacuerdo exige una explicación exhaustiva.
El cuerpo entra en modo supervivencia.
Y el amor, en modo retiro.
No es que la otra persona no quiera hablar.
Es que ya está cansada de justificarse para existir.
El respeto no se exige, se siente.
Corregir no es lo mismo que acompañar.
Cuestionar no es lo mismo que escuchar.
Tener razón no es lo mismo que tener vínculo.
Cuando todo se revisa, todo se analiza,todo se corrige…
El mensaje inconsciente es claro:
“No confío en ti”.
Y sin confianza, el deseo se encoge y el compromiso se enfría.
El tono también hiere, no solo duelen las palabras.
Duele el gesto.
El suspiro.
La ironía.
La mirada que juzga.
Hay frases que parecen neutras, pero llegan cargadas de desprecio sutil.
El cuerpo lo sabe antes que la mente: ahí ya no hay hogar, hay tensión constante.
Confundir fortaleza con control es un error caro.
Ser fuerte no es dominar.
Ser consciente no es vigilar.
Ser autónoma no es competir.
Cuando la relación se vive como lucha de poder, alguien siempre pierde y casi siempre pierde el vínculo.
El amor adulto no necesita ganar.
Necesita descansar.
Amar no es reeducar al otro
Tu pareja no es tu padre, ni tu madre, ni el trauma que no sanó.
Si cada conflicto activa la herida antigua, si cada desacuerdo despierta el miedo primario.
No estás discutiendo con quien tienes enfrente.
Estás peleando con el pasado.
Y el presente paga el precio.
Las relaciones no se rompen porque alguien sea fuerte, inteligente o independiente.
Se rompen cuando la presencia deja de ser segura.
Pregúntate con honestidad:
¿Soy un lugar de calma o de alerta?
¿Puedo expresar dolor sin atacar?
¿Puedo escuchar sin corregir?
¿Puedo amar sin demostrar superioridad?
Porque amar no es rendirse ante el otro.
Es rendirse al vínculo.
Bajar la espada.
Relajar el pecho.
Y permitir que el otro también descanse.
Eso, y no el control es lo que convierte a una persona en hogar.