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Vivimos tan rápido que muchas veces olvidamos cómo se siente estar aquí de verdad.
El cuerpo sigue avanzando, cumpliendo, respondiendo… mientras la mente salta de un pendiente a otro.
Y en medio de ese ritmo, algo dentro de nosotros empieza a cansarse en silencio.
La importancia espiritual de ir más despacio no está en hacer menos, sino en volver a sentir.
En permitirnos un espacio interno donde no hay prisa, ni exigencia, ni necesidad de demostrar nada.
Un lugar donde simplemente podemos estar.
Cuando bajamos el ritmo, el cuerpo deja de tensarse.
La respiración se vuelve más profunda.
La mente se suaviza.
Y el corazón, poco a poco, recuerda cómo es sentirse a salvo.
Espiritualmente, ese espacio es sagrado.
Ahí no hay objetivos que cumplir ni versiones ideales que alcanzar.
Ahí solo existe la experiencia directa de la vida tal como es: imperfecta, cambiante, viva.
Ir despacio es una forma de respeto hacia uno mismo.
Es decirnos: no todo tiene que resolverse ahora.
Es permitir que el momento se despliegue sin forzarlo, sin correr detrás de él.
En ese estado, la intuición vuelve a hablar.
La claridad aparece sin ser empujada.
Las decisiones nacen desde la calma y no desde la urgencia.
Y la vida deja de sentirse como una carrera interminable.
Habitar el presente no significa detener el mundo, significa dejar de pasar por él sin estar realmente presentes.
Mirar sin juzgar.
Sentir sin explicar.
Estar sin tener que hacer.
Cuando nos damos ese espacio interior, algo profundo se acomoda.
El ruido pierde fuerza.
La ansiedad baja la voz.
Y recordamos que no vinimos solo a cumplir, sino a experimentar, a saborear, a vivir.
Habita el momento.
Habita tu espacio interior.
Ahí, sin prisa, la vida vuelve a tener sentido.