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Introducción
La historia de la subjetividad femenina ha sido narrada, en gran medida, desde discursos simbólicos que han privilegiado la lógica patriarcal. El mito de Eva ha operado como uno de los relatos fundacionales de dicha construcción, asociando a la mujer con la falta, la transgresión y la culpa. Sin embargo, este relato no constituye el único ni el más antiguo modelo simbólico de lo femenino.
Desde una lectura psicoanalítica ampliada, resulta necesario interrogar las formas en que ciertos arquetipos femeninos han sido reprimidos y desplazados al inconsciente colectivo, reapareciendo luego como síntomas, conflictos identitarios o patologizaciones de la autonomía femenina.
Marco teórico: Freud y Jung en articulación
Sigmund Freud concibe la subjetividad como el resultado de un conflicto estructural entre pulsión y cultura. El síntoma surge como una “formación de compromiso” entre aquello que el deseo exige y aquello que la ley prohíbe (Freud, 1923/1992). La diferencia sexual queda inscripta en torno a la lógica fálica, entendida como significante de poder y de falta, más allá de su referencia anatómica.
Carl Gustav Jung amplía esta perspectiva al introducir la noción de inconsciente colectivo, definido como “una capa de la psique que contiene formas universales, heredadas, comunes a toda la humanidad” (Jung, 1959/1991, p. 4). Estas formas —los arquetipos— estructuran la experiencia simbólica y cultural.
La integración de ambos enfoques permite comprender que la represión no se limita a contenidos pulsionales individuales, sino que también afecta configuraciones simbólicas colectivas.
Ego, cuerpo y subjetividad femenina
El ego es definido por Freud como una instancia mediadora entre el ello, el superyó y la realidad (Freud, 1923/1992). Para Jung, el ego representa el centro de la conciencia, pero no la totalidad de la psique. Ambos coinciden en que su hipertrofia o su debilitamiento generan sufrimiento psíquico.
Históricamente, la mujer ha sido valorada en función de su cuerpo, su juventud y su capacidad reproductiva, mientras que la subjetividad masculina ha sido validada a través del ejercicio del poder. Esta asimetría simbólica produce efectos psíquicos visibles en la relación de la mujer con el envejecimiento, el deseo y el amor propio.
El cuerpo femenino se convierte así en un lugar privilegiado de inscripción del conflicto entre mandato cultural e identidad psíquica.
Repetición, miedo y memoria inconsciente
Freud señala que “el sujeto está condenado a repetir aquello que no recuerda” (Freud, 1920/1992). Esta compulsión a la repetición expresa la persistencia de lo no simbolizado. Jung formula una idea convergente al afirmar que “hasta que lo inconsciente no se haga consciente, dirigirá tu vida y lo llamarás destino” (Jung, 1964/1995, p. 23).
El fenómeno del déjà vu puede comprenderse, desde esta perspectiva, como una resonancia simbólica de configuraciones psíquicas previas, no necesariamente biográficas, sino arquetípicas.
La sensación de extrañamiento en los vínculos familiares, laborales o amorosos señala, muchas veces, una discordancia entre la identidad impuesta y la verdad psíquica del sujeto.
Eva y las amazonas: represión simbólica y arquetipos femeninos
El mito de Eva ha funcionado como una matriz simbólica que asocia lo femenino con la desobediencia y la caída. Sin embargo, posteriormente a esta configuración emergen figuras como las amazonas, presentes en la mitología griega y en diversas tradiciones antiguas, que representan sociedades femeninas autónomas, organizadas en torno a la guerra, la caza y la autosuficiencia.
Desde una lectura jungiana, las amazonas encarnan un arquetipo femenino no domesticado, expresión de una etapa simbólica en la que la mujer no se hallaba subordinada al orden patriarcal. Su exclusión del relato histórico puede interpretarse como una represión simbólica de modelos femeninos que desafiaban la lógica fálica dominante.
Como señala Jung, “los arquetipos no desaparecen; cuando son negados, retornan bajo formas distorsionadas” (Jung, 1959/1991). Este retorno puede observarse en la patologización histórica de la autonomía femenina.
Discusión
La negación del poder simbólico femenino ha tenido consecuencias clínicas, sociales y culturales. Cuando los arquetipos no encuentran vías de expresión simbólica, reaparecen como síntomas individuales o conflictos colectivos.
La figura de la Emperatriz —en el tarot y en otros sistemas simbólicos— puede ser comprendida como representación del principio creador inconsciente. No se trata de superstición, sino de lenguaje simbólico, en el sentido que Jung atribuye al mito como expresión legítima de la psique profunda.
Conclusión
La subjetividad femenina contemporánea se encuentra atravesada por una tensión estructural entre reconocimiento formal y exigencia psíquica. La integración entre ego, cuerpo y arquetipo no implica una confrontación con lo masculino, sino una ampliación del campo simbólico.
En esta etapa histórica, Dios se llama mujer no como afirmación teológica, sino como formulación psicoanalítica y simbólica.
Porque en el principio fue la belleza y la sabiduría, y ambas han sido, desde los orígenes, atributos del principio creador femenino.