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El Esclavo en la Era del Des-ser

Vivimos en tiempos dominados por un materialismo destructivo. El tener ha despojado al ser de su esencia más profunda. Nos hemos convertido en meros títeres de una máquina infernal, una matriz gobernada por los intereses de unos pocos. La libertad que percibimos en el presente es una ilusión que se disuelve rápidamente; el pasado lo hemos transformado en una narrativa conveniente, y el futuro se presenta ante nosotros como un deseo inalcanzable, lleno de miedos y limitaciones autoimpuestas.

El presente, paradójicamente, carece de sustancia: no huele, no sabe, no mira; simplemente nos observa, como esos seres etéreos, duendes y hadas, que solo unos pocos afortunados pueden percibir. ¿Existen? Sin lugar a dudas. Pero la percepción que tenemos de ellos es cada vez más difusa, reducida a algo literario, un vestigio de lo que alguna vez fue real. Antes del verbo, existía la acción, pero los seres elementales han sido relegados a las páginas de los libros, una literatura desprovista de vivencia, de autenticidad. La palabra se ha vuelto vacía, repetida en un eco sin fin por oídos y bocas que solo reproducen lo que les es impuesto desde fuera.

El afán por acumular bienes materiales, como el coche de lujo, la casa perfecta, la ropa de marca, los viajes exóticos, la tecnología de vanguardia, no nos lleva a las profundidades del ser. En realidad, más que profundizar, estas cosas obturan las carencias internas que cargamos. Los que controlan este planeta lo saben muy bien, y nos han hecho creer que la felicidad reside en la adquisición de esos objetos. Pero, como nos enseñó Freud, la felicidad es un estado efímero, un deseo pasajero que nunca se puede sostener permanentemente. En el fondo, existe en el ser humano un motor que impulsa su deseo, pero el deseo, por naturaleza, es insaciable.

¿Te has preguntado alguna vez por qué tantas personas se suicidan, a pesar de tener aparentemente "todo"?

La respuesta es compleja y escapa a la comprensión superficial. Nos encontramos ya en los últimos meses de 2025, un año que nos está marcando por un tipo de guerra diferente, más sutil, pero igualmente destructiva: la guerra interior. El vacío existencial, la depresión, la soledad, el ostracismo, son las nuevas plagas que nos azotan. El trabajo ya no se ve como un medio para desarrollarse, sino como una alienación. Los estudios, que deberían ser un camino de conocimiento y crecimiento, se han vuelto una carga sin sentido. Los sentimientos, antes profundos, ahora son frágiles y cambiantes. El amor a la humanidad, que alguna vez fue un ideal, hoy parece una quimera.

Quien tiene una mínima conciencia de sí mismo no puede evitar sentir que le falta algo esencial, un vacío que no se llena con las cosas materiales ni con las expectativas ajenas. Lo verdaderamente anormal no es experimentar ese vacío, sino seguir corriendo, como animales salvajes, sin cuestionar a dónde nos lleva esta carrera desenfrenada hacia la muerte.

El despertar de la conciencia es difícil, y aquellos que tienen un atisbo de ella suelen sentirse atraídos por nuevas formas de espiritualidad. Esta búsqueda, a menudo errática, es en el fondo un intento por volver al origen, a una conexión más pura y profunda con el ser y con el todo. En diversas partes del mundo se habla de los Lemurianos, una civilización ancestral que, se dice, vivió en armonía con la naturaleza y el universo. Los Lemurianos no poseían bienes materiales, y en su aparente carencia radicaba su virtud. Eran espíritus conectados entre sí, pensaban en el "uno", y el "otro" se encontraba profundamente interiorizado.

 

Sin embargo, algunos de estos Lemurianos comenzaron a perseguir objetivos individuales, y allí la soberbia comenzó a crecer, lo que condujo a su caída. Existen diversas teorías sobre el fin de esta civilización, pero todas coinciden en un punto: la caída de su amor universal y colectivo. Algunos creen que esta civilización existió bajo el agua, pero lo que importa es que su sabiduría ha quedado guardada en la conciencia colectiva, como decía Carl Jung, y hay seres humanos capaces de abrir las ventanas hacia esa conciencia olvidada, despertando de la manipulación que nos somete.

La depresión debe mantenernos alerta, y también el creciente número de suicidios que, lamentablemente, marcan este presente sombrío. En 2026, serán más los seres conscientes que, al no encontrar un camino claro, se sentirán excluidos y, en su desesperación, optarán por la autodestrucción.

¿Qué hacer ante esta realidad?

No existen maestros que nos guíen en este proceso, porque la verdadera enseñanza es la que nace del aprendizaje constante, de la prueba y el error, del descubrimiento personal. La senda no está marcada por otros, sino por cada uno de nosotros, aunque esa senda sea, en muchos momentos, incierta.

La rebelión contra el hiper-sistema que nos consume es peligrosa y estéril, pues solo perpetúa el ciclo. La verdadera revolución, entonces, debe ser interna. Si aprendemos a respirar con conciencia, si sembramos el amor genuino hacia nuestro prójimo, si pedimos perdón y abandonamos la necesidad de siempre tener la razón, si amamos el presente y nos alejamos del odio que nos consume, habremos dado un paso hacia la liberación.

Al final, la Matrix que nos controla, esa realidad distorsionada que nos han impuesto, se destruirá. Pero no estaremos aquí para verla. La transformación será un proceso largo y, en muchos casos, invisible, porque no ocurrirá en el plano de lo material. La verdadera libertad se construye en el interior, lejos del ruido del mundo exterior.



Autor:Jorgelina E. Rodríguez

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