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Los anticonceptivos han cambiado la historia: los métodos modernos llevan decenios reforzando la capacidad de decisión de las mujeres sobre su vida reproductiva y ayudando a los países a alcanzar sus objetivos de desarrollo. Pero no siempre funcionan.
Mukul, de la India, sufrió a los 24 años complicaciones en el parto que pusieron en peligro su vida y a raíz de eso optó por utilizar un DIU. Sin embargo, menos de un año después, se sorprendió al descubrir que estaba embarazada de nuevo, y de cinco meses, demasiado tarde para poder contemplar un aborto. Dio a luz a su segunda hija. “Dimos la bienvenida a nuestra segunda hija y seguimos criando a las dos”, recuerda Mukul. ç“Todo salió bien y fue muy querida por todos, la familia y las amistades”.
Mukul no tenía motivos para esperar que fuese a quedarse embarazada. El DIU es un método de acción prolongada y es considerado uno de los anticonceptivos más fiables. Pero ningún anticonceptivo es infalible: ni los anticonceptivos orales, ni los implantes, ni los inyectables, ni siquiera la vasectomía. Cuando se utilizan correctamente y de forma sistemática, las tasas de fallo de todos estos métodos no llegan al punto porcentual —y a veces son mucho más bajas—, pero los fallos existen. En el Reino Unido, por ejemplo, uno de cada cuatro abortos se atribuye al fallo de la anticoncepción hormonal (BBC, 2017), una cifra que casi se duplica cuando se contempla el conjunto de todos los métodos, como los preservativos, los diafragmas y la marcha atrás.
Varios años más tarde, y aunque seguía usando anticonceptivos, Mukul se encontró con que volvía a estar embarazada. Estaba segura de que no quería más hijos, aunque su padre la había presionado para que intentara tener un niño. (A pesar de los éxitos de Mukul, que ha triunfado en el mundo académico, su familia seguía teniendo una clara preferencia por los varones). “Decidí abortar para poder asumir mis responsabilidades para con mis dos hijas, sin que se vieran perjudicadas por el nacimiento de un tercer hijo”, insiste. “No me arrepiento”.
Dalila*, de una zona rural de El Salvador, tuvo una experiencia muy similar. Poco después de casarse, una asesora de planificación familiar les hizo una visita a ella y al que ya era su esposo. Pero ella no quiso utilizar métodos anticonceptivos. “Deseaba ser madre”, explica Dalila. “Cuando llegó mi hija, me alegré mucho”.
Al igual que Mukul, empezó a utilizar métodos anticonceptivos tras el nacimiento de su primera hija y, también como Mukul, se enteró de que estaba embarazada cuando su segunda gestación ya estaba muy avanzada. “Me di cuenta de que el anticonceptivo no había funcionado cuando me dieron el resultado a los seis meses. Me quedé conmocionada y pensé: ‘¿Qué ha pasado?’”.
Estas historias no sorprenden a Dra. Ayse Akin, una médica de Türkiye que lleva medio siglo dedicándose a la salud pública y reproductiva. Ha visto embarazos de muchas pacientes que empleaban métodos anticonceptivos, tanto DIU como otros. “A veces no se dan cuenta hasta que la gestación ya está muy avanzada, porque no lo esperan”, explica.
Pero los fallos de los anticonceptivos no afectan por igual a todas las mujeres ni se producen en la misma medida. Un estudio llevado a cabo en 2019 descubrió que, con ciertos métodos, las usuarias de anticonceptivos más jóvenes experimentaban tasas de fallo hasta 10 veces superiores a las mujeres de más edad (Bradley et al., 2019). Hay muchas explicaciones posibles: las mujeres más jóvenes pueden ser más fértiles, llevar una vida sexual más activa, contar con menos práctica en el uso de anticonceptivos o enfrentarse a más dificultades para acceder a un asesoramiento de calidad sobre anticonceptivos. Las mujeres más pobres también presentaron unas tasas de fallo de los anticonceptivos considerablemente mayores. Estos datos indican que las mujeres con menos capacidad para afrontar un embarazo no intencional —las más jóvenes y las más pobres— tienen más probabilidades de tener uno, incluso cuando hacen todo lo posible por evitarlo.
Las consecuencias pueden ser nefastas, según advierte la Dra. Akin, que ayudó a muchas pacientes que llegaban a su consulta tras someterse a abortos clandestinos y en condiciones de riesgo y venían sangrando, anémicas o con septicemia; muchas sufrieron secuelas a largo plazo o no sobrevivieron. “Era terrible”, recuerda. Un mes, de cuatro mujeres ingresadas tras abortos en condiciones de riesgo, “tres murieron y solo se salvó una”. La situación mejoró a partir de 1983, cuando se legalizó el aborto, pero recalca que, incluso hoy en día, numerosos hospitales carecen de los medios para ofrecer abortos seguros y muchos médicos no tienen tiempo ni ganas de proporcionar orientación sobre anticonceptivos.
Dalila y Mukul siguieron confiando en los anticonceptivos a pesar de que les habían fallado. El marido de Mukul se sometió a una vasectomía para no tener más hijos de los que deseaban. Dalila, que confiesa que su inesperado segundo embarazo “fue una alegría”, también decidió que su familia estaba completa con dos niñas.
Ahora sus hijas ya son adolescentes y ella les aconseja que encuentren parejas que las apoyen —a ellas y sus ambiciones— y que tengan en cuenta la planificación familiar. Dalila está convencida de que ambas tomarán las riendas del futuro que tienen ante sí: “Nadie les va a exigir que traigan un bebé al mundo si no se sienten preparadas para ser madres”.