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En 1989 ocurrió algo extraordinario. En un mundo atravesado por profundos cambios, líderes de numerosos países decidieron mirar hacia quienes más necesitaban protección: los niños y las niñas. En un gesto de responsabilidad histórica, asumieron un compromiso común para defender sus derechos y darles un lugar central en la agenda global. Así nació la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño.
Este tratado encierra una verdad poderosa: los niños no son propiedad de nadie ni adultos incompletos que deben esperar para ser escuchados. Son personas, con dignidad propia y con derechos que deben respetarse desde el primer día de vida. La Convención reconoce a la infancia como una etapa única, que se extiende hasta los 18 años, un tiempo que debe estar marcado por el cuidado, el aprendizaje, el juego, el desarrollo y la posibilidad de crecer con esperanza y sin miedo.
Gracias a este acuerdo, que se convirtió en el tratado de derechos humanos más ratificado de la historia, millones de niños vieron cambiar sus vidas. La Convención ayudó a abrir escuelas, a salvar vidas a través de la salud y la nutrición, y a levantar barreras contra la violencia y la explotación. También permitió algo fundamental: que los niños empezaran a ser escuchados, a participar y a expresar sus ideas y sueños.
La infancia hoy: avances que no alcanzan
A pesar de estos logros, la promesa de la Convención todavía no se cumple plenamente. Demasiados niños siguen viendo vulnerados sus derechos cada día. Cuando falta un plato de comida, cuando la escuela queda lejos, cuando la violencia irrumpe en sus hogares o comunidades, la infancia se rompe.
Para millones de niños, crecer significa abandonar la escuela, trabajar en condiciones peligrosas, casarse demasiado pronto, empuñar un arma en una guerra o vivir encerrados en cárceles pensadas para adultos. Estas realidades conviven con un mundo que cambia a gran velocidad.
La tecnología digital, la crisis ambiental, los conflictos prolongados y las migraciones masivas están transformando la infancia como nunca antes. Estos cambios traen nuevos riesgos, pero también abren oportunidades para que los niños aprendan, se expresen y defiendan sus derechos de formas impensadas en el pasado.
El llamado que no puede esperar
La Convención nació de la esperanza y la valentía de quienes, en 1989, creyeron que un mundo mejor para los niños era posible. Hoy, esa responsabilidad es nuestra. La generación actual debe alzar la voz y exigir que los gobiernos, las empresas y las comunidades pongan fin, de una vez y para siempre, a la vulneración de los derechos de la infancia.
Garantizar que cada niño y cada niña pueda vivir plenamente su infancia no es solo un deber legal. Es una obligación moral. Porque cuando protegemos los derechos de los niños, estamos cuidando el futuro de toda la humanidad.