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Mujeres adolescentes indígenas de Costa Rica

“Ser una mujer empoderada significa confianza, fuerza y ganas de salir adelante”, explica Ericka, una adolescente indígena del Liceo Rural Kabebata, en Alto Quetzal, una comunidad ubicada en una zona montañosa a cuatro horas de la capital de Costa Rica. En esta región, donde predomina la cultura cabécar, una de las ocho culturas indígenas del país, Ericka, su compañera Crystel y Cindy, la oficial de vigilancia del centro educativo, coinciden en que las mujeres nunca habían sido protagonistas, históricamente relegadas al rol de apoyo del hombre.

“En la cultura cabécar, siempre se ha creído que las mujeres no pueden salir adelante. Los hombres van primero porque son los que trabajan, y las mujeres tienen que estar pendientes de ellos”, explica Cindy, quien, como madre, ha enseñado a sus hijas que este patrón “no tiene por qué ser así”.

Crystel, con apenas 19 años, subraya que es hora de romper con esas barreras, con el machismo y con la violencia hacia las mujeres: “El hecho de estar en una zona indígena no significa que tenemos que seguir con las reglas del pasado. Las mujeres podemos salir adelante”, afirma.

Este cambio de mentalidad no es casual. Ericka, Crystel y Cindy son parte de un grupo de más de 150 mujeres que han participado en el proyecto Redes de apoyo entre mujeres indígenas adolescentes (Redes RIMA), una iniciativa desarrollada desde 2021 por la Secretaría Técnica de Salud Mental del Ministerio de Salud de Costa Rica, en colaboración con la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Enfocado en empoderar a las mujeres de nueve de los 24 territorios indígenas del país, el proyecto surgió como respuesta al impacto en la salud mental de la pandemia de COVID-19, pero fue más allá de la crisis inmediata al abordar una problemática histórica: la invisibilidad de las mujeres indígenas.

Karen Méndez, orientadora del Liceo Rural Kabebata, explica que “la pandemia subrayó una necesidad que existe desde hace muchos años: la de trabajar en la cultura del silencio que predomina en las mujeres cabécares”. En respuesta, se desarrolló un programa de capacitación para facilitadoras locales, quienes recibieron herramientas metodológicas para crear planes de trabajo enfocados en las necesidades de las jóvenes de cada comunidad.

A través de talleres y actividades formativas, los temas abordados incluyeron el manejo de emociones, el empoderamiento femenino, la sororidad, el autocuidado de la salud -con énfasis en la salud mental- y el desarrollo de un proyecto de vida.

Los resultados de este proyecto, que busca mejorar tanto la salud como la equidad de género, también han incluido la promoción de la vacunación, como parte de un esfuerzo conjunto de la OPS y el proyecto Mejora al Acceso Equitativo y la Cobertura de Vacunación contra el COVID-19, financiado por el gobierno de Canadá.

“Trabajando con la OPS vemos que la salud global va junto con la igualdad de género”, subraya la embajadora de Canadá en Costa Rica, Ioanna Sahas Martin, quien destaca que este enfoque refleja la política de asistencia internacional de Canadá, que viene apoyando proyectos para empoderar a las mujeres en comunidades vulnerables.



Autor:EDITORIAL

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