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Compañeros de la Vida

Si fuéramos lo suficientemente maduros, entenderíamos que las relaciones no son cuentos de hadas, sino historias reales que se escriben a diario con esfuerzo, paciencia y amor.

Hay palabras que, aunque parecen simples, esconden lecciones profundas que nos transforman si realmente las vivimos. 

Orgullo: 

El orgullo es una barrera que construimos cuando tenemos miedo de ser vulnerables.

 Madurar es entender que bajar esa barrera no nos debilita, sino que nos libera.

Dejar el orgullo de lado no significa perder, sino ganar la oportunidad de fortalecer el vínculo con la otra persona.

 Ceder, hablar desde el corazón y priorizar la conexión auténtica sobre la necesidad de tener razón es un acto de valentía y amor propio. 

Querer: 

Querer a alguien es solo el comienzo, una semilla que requiere ser cultivada con acciones diarias.

 Las palabras son hermosas, pero los actos son los que las convierten en verdades.

Amar es demostrar en los detalles que la otra persona importa, desde el mensaje inesperado hasta el apoyo en los momentos difíciles.

 Porque el amor que no se vive, se cultiva. 

Amar:

Amar es un viaje lleno de altibajos.

 No siempre será fácil; habrá días en los que las dudas pesen más que las certezas, pero el verdadero amor no se rinde.

Es ese compromiso silencioso de estar, incluso cuando la tormenta parece interminable.

 Amar no es solo sentirse bien cuando todo va bien; es sostenerse en medio del caos, es elegir quedarse incluso cuando sería más sencillo irse.

Valorar:

Valorar a alguien significa reconocer lo afortunados que somos por tenerlo a nuestro lado.

 Es saber que cada sonrisa compartida, cada mano que se entrelaza, es un regalo que no todos tienen. Madurar es dejar de esperar la perfección y aprender a ver la belleza en las imperfecciones del otro, porque esas mismas imperfecciones son las que lo hacen único. 

Perdonar:

El perdón no es un acto fácil, pero sí profundamente liberador.

Perdonar no es decir que el daño no existió, sino decidir que no queremos que nos siga doliendo.

Es entender que la vida es demasiado breve para cargar con rencores y que sanar es un regalo tanto para quien perdona como para quien es perdonado. 

Reconciliar:

Reconciliar no es retroceder ni olvidar, es construir algo más fuerte desde las cenizas de lo que se rompió.

 Es elegir juntos un nuevo comienzo, con aprendizajes frescos y corazones más sabios.

 Porque amar no es evitar caer, sino levantarse una y otra vez, tomados de la mano. 

La persona indicada nunca será perfecta, y tú tampoco lo eres.

La perfección no es el destino del amor, sino el aprendizaje constante que compartimos con alguien dispuesto a crecer junto a nosotros.

Encontrarás a quien vea más allá de tus errores, alguien que ame no solo tu risa, sino también tus lágrimas.

 Esa persona será un compañero/a en los días soleados y una luz en las noches más oscuras. 

El amor maduro no es fácil, pero tampoco es común.

 Es un tesoro que se construye, se cuida y se agradece.

Y cuando encuentres a esa persona, recuerda: no se trata de que te haga feliz siempre, sino de que ambos elijan, cada día, intentarlo juntos. ️



Autor:Carolina Fuentes

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