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Un día, un maestro miró a sus alumnos y les hizo una pregunta simple, de esas que parecen no esconder ningún misterio:
—¿Saben por qué las personas gritan cuando discuten?
Un alumno respondió con seguridad:
—Porque pierden la calma.
El maestro sonrió con paciencia y volvió a preguntar:
—¿Y por qué gritan, si la otra persona está justo frente a ellos?
El aula quedó suspendida en un silencio incómodo. Nadie lo había pensado antes.
Entonces el maestro habló, con una voz tranquila que parecía acariciar las palabras:
—Cuando dos personas se llenan de enojo, de orgullo o de frustración, sus corazones se alejan.
Y cuanto mayor es la distancia entre ellos, más fuerte necesitan gritar para sentirse escuchados.
El grito no nace de la fuerza…
Nace de la distancia del alma.
Hizo una pausa, como quien deja que la verdad repose en el aire, y continuó:
—¿Y qué sucede cuando dos personas se aman?
Una alumna respondió casi en un susurro:
—Hablan bajito.
—Exacto —dijo el maestro—. Porque sus corazones están cerca.
No necesitan alzar la voz.
Y cuando el amor es profundo, las palabras sobran.
Alcanza una mirada.
Un gesto.
A veces, el silencio dice todo lo que el alma necesita escuchar.
Antes de despedirse, les dejó una última enseñanza:
—No olviden esto: cada discusión sin cuidado aleja un poco más a las personas.
Cada palabra dicha a gritos agranda la distancia.
No hagan del enojo una costumbre…
Porque puede llegar el día en que estén tan lejos uno del otro,
que ya no encuentren el camino de regreso.