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En estos años, y desde el comienzo del amor romántico, lo que se ha incrementado es el drama.
Si el otro nos deja —sobre todo ocurre en las mujeres— pasamos a ser una especie de seres raros y hasta peligrosos si nos comportamos de forma independiente.
El tema no pasa por la soledad, sino por las grandes imposiciones sociales a las que, antes que nada, se suman las familiares.
“Eso no es amor”, nos dijo una sabia mujer que vivió en la India, a mi compañera de trabajo y a mí, ambas psicólogas.
En el Tíbet se festeja ser abandonado por quien deja de amar. Es la forma de regresar a Uno y de iniciar la introspección sobre nuestra existencia. La mujer ya no es un objeto de posesión, ni el hombre tampoco. Claro está que la angustia, muchas veces, consiste en obturar, tapar, negociar en nuestro interior con aquello que en verdad es la causa, y no con la persona que ya no se encuentra a nuestro lado.
Negociar es una forma de ceder. ¿Por qué cedemos? ¿Miedo a que nuestros padres aparezcan en esos espectros que ya nos han abandonado una vez, tras su muerte?
Otros miedos surgen de las apariencias. En nuestra sociedad, en la que hemos sido criados por madres machistas, una mujer sola y sin hijos parece un posible objeto de abandono total por parte de otro hombre. Lévi-Strauss decía “objetos de intercambio”, y un hombre solo suele buscar pechos, aun cuando el alma es andrógina.
Esto sucede porque no se han realizado duelos. No todos los “no-todos” de Jacques Lacan valen aquí.
Los seres humanos deben tener una matriz (una marca que les permita realizar duelos); de lo contrario, son eternos dolientes mentirosos que prometen amor hasta en otra vida, y cuyas miradas se escapan de la madre ante cualquier pollera o pantalón de mujer que camine.
A las mujeres que son conflictuadas no se les discute. Ni amistad ni lealtad: son el mismo falo reencarnado, “diosas del Olimpo que todo lo pueden cuando tienen algo de poder”.
Peligrosamente al borde de su locura y la de su prole: “Si cumplís con mis esclavizaciones, sos digno o digna de mi amor; si no, te odio”.
En el hombre, esto se llama perversión, es decir, versión del padre. Pero ya hemos tenido uno. La pregunta es: ¿cómo nos posicionamos en la vida?
Demasiado aferradas a un espíritu vengativo y a comportamientos de estrógenos elevados, confunden poder con amor al padre. Incansables, buscan un freno, pero cuando lo encuentran, aniquilan al sujeto. Son las mujeres del odio, porque no se permiten siquiera un duelo real: la muerte de sus padres.
El hombre machista busca a la mujer como trofeo. Por ello tantas mujeres pasan sus vidas intentando agradar. Ser el “objeto amable”, como decía Lacan, es ofrecerse para la protección y, a su vez, para la destrucción.
La posesión destruye, corroe, destroza.
El amor, con o sin hijos, es una cuestión diferente del sexo.
Es una utopía pensar que únicamente el hombre mira, huele, desea.
El sexo no es un pecado; de lo contrario, Dios lo habría destinado solo a la procreación.
Los seres humanos debemos quitarnos las máscaras impuestas y dejar de pagar con nuestras vidas por nuestras propias elecciones.
Una mujer libre flota, y no necesita la aprobación de nadie para ser simplemente ella.
Un hombre entero es aquel que no promete, sino que da lo que siente, y según sus espaldas vuela en lugar de reptar.