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Alicia abre sus curvadas pupilas arqueadas de tilo. Su cuello se extiende nuevamente al infinito. Posa su mano izquierda (la del inconciente) en su vientre. Siente un nuevo latido y es pura luz de catedral el calor de su piel y sus suaves manos que no cesan de acariciar al nuevo ser en sus adentros.
Ve más allá que la retina. Mixtura entre su nostálgico credo y el cansancio de la monótona rutina. Su ficción estalla y las bombas son silenciadas.
Discurre que aquello que N buscaba en ella ha sido su marca trágica (su magia). A veces dos ojos no inscriben la cantidad de percepciones que adquirimos. Observar la multitud de colores, de sabores en una comida, los perfumes confusos, entre pútridos y deliciosos; cada gesto, tono, desplazamiento, yacería en un agotamiento afligido.
Ella sabe que encierra un tercer ojo en medio del entrecejo.
El tercer ojo es uno de las siete chacras que rige el funcionamiento de todo el organismo. Todo ser humano posee la capacidad de abrir esas fuentes de equilibrio en la vida. Pero es trabajoso y requiere disciplina.
Alicia ha sido bendecida al nacer con esa ventana abierta al sol. No percibe alejadamente con sus ojos, sino que cada célula que atavía su materia está inundada de visión. Son canales vigorosos donde lo prodigioso hace absurda a la ficción.
Es la dueña del mágico tres de las trece religiones.
Las tres es la hora nónica, cuando estricta oscuridad envolvió al mundo. El demonio juega actualmente a ser luz en las madrugadas y los niños son llamados en las siestas.
Trece ha sido el número maldito en la tradición cristiana. No es casualidad que las religiones reconocidas oficialmente lleven el mismo número...
A ella le apetece adivinarse. En los demás adquiere un carácter de limón el don que le penitencia.
Hace tres décadas cuando apenas hablaba y su abuela le detallaba el poder de anticipar e influir en otros se fascinaba. La hechicería es, en su efímero instante de tobogán con la cotidianeidad, su alimento.
Bebe luz. Respira escenas recitadas.
Llora. El dolor es tan agudo como su penetración.
Se une a la visión del cóndor.
El pasado, el presente y el futuro son un continuo, en donde se pierde la causa y el fin. Debe aprender a editar la película que se le articula con mayor fidelidad que las acciones.
Bordeó en los escondrijos de N.
El pecho se le prensó. Al unísono una mariposa se golpea contra un ventanal y esparce su volátil materia en la bisagra de la puerta que conduce a su habitación.
Su mente borda enlaces tan veloces como impactantes. La mariposa le indica transformación. Ella es la mujer de las dotes legadas por misteriosa estrella. N, el chamán, debe demandar mujeres que le otorguen poderes...
Está turbada. Se recuesta al lado del emboscado conocido. Se aventura en decirse su opuesto.
¿Quién se arroga de calar a su semejante y comparte una cama, un cigarro, o una idea? Urde que el matrimonio, culturalmente establecido, ha sido un absurdo con el objeto de comprometerse en una eternidad, siendo que lo valioso es el día a noche, que por sostenerse en el autoritarismo de “no desearás” debió atenuarse con el divorcio. No está casada, en contradicción se capta cazada.
El entrecruzamiento de culturas la hace excepción, cree que esto se halla luego de su existencia.
No tuvo, ni tendrá culpas por su hermano abandonado al destino de su padre el sol. Hoy es semillas en su vientre y cenizas que guían su aliento a los amantes.
Colige que ella es una máscara a la que nadie puede descubrir, ya que tras un rostro se esconden complejas e intrincadas posiciones. Ante la absurda pregunta que le atormenta _ ¿quién eres?_ se escabullen facetas herméticas. Es auténtico el aprender conductas, hábitos, gustos; pero el laberinto acuático donde se esconden las emociones, tantas veces asfixiante, es un pantano. Yo me enlodo y acepto la realidad dejándome una guarida para fantasear.
El que afirma que el futuro es predecible y maleable según ha sido nuestro pasado confunde carácter con pasión. Esta última es la que impulsa como la diástole a la sístole a un ritmo desconocido. Hipócrita es creerse sapiente de sus praxis.
Alicia les articula significación a los objetos de N. Un bajador de sueños, tramado por N, en el que cada fibra marca una nueva posesión o ser atrapado por sus garras.
Libros celtas, magias amerindias, egipcias, múltiples piedras que antes montículos de vidrios, hoy energías encapsuladas. Un papiro en donde se descubre su ascendencia como celta en diez generaciones, en la antigua Galia. El roble su cimiento.
En jirones se estraza la piel de la mujer. Los hallazgos le profesan un desencanto que la obliga a asirse de la impotencia que provoca lo ordinario. Se siente un espectro encarnado en una fisonomía y cuerpo, que corre incesantemente en pos de lo ya perdido.
Ser prestigioso en nuestra sociedad actual es triunfar, que el nombre propio (dado) tome consistencia de cuerpo.
Tener poder no es para modificar hierro en oro, sino que es la mentira que más verdad adquiere, para comprar afectos al no obturar defectos propios, arriesgando solamente a ello.
La rebeldía confunde interior con exterior proliferando las contradicciones.
Ella ve desnudo a N, con horror le descubre puma o jaguar.
El jaguar como el águila son centinelas de los extraños. Difieren en su debilidad para acechar a su presa. El felino asesina por hambre, marca su territorio, y su sed no se sacia con la derrota de su víctima. Hay un más allá que se lo da el prestigio de ser el rey.
El ave de rapiña es aguda, pero guarda sus energías sólo por necesidad.
¿Acaso dominar la fuerza, velocidad, los voraces dientes, son motivos suficientes para manipular las vidas y muertes? La respuesta se halla en la propia debilidad. Si soy débil, necesito mostrar mi fortaleza. Perecería expuesto a todos los depredadores si mostrara únicamente bondad.
Alicia se pasea con su preñez ansiosa no puede contener más las preguntas que a su marido le adeuda:
_Por qué guardas tus “tesoros”, piedras, talismanes, atrapa sueños...
_Alicia, no son mis tesoros como tu lo llamas. Son más bien el recorrido de años de estudio e investigación. No fabules que te hace daño.
_Vas a negarme que no deseas el poder.
_Como todo el mundo, pero no confundas antropología con supersticiones.
El tono de la voz de N le anunció a Alicia que la conversación estaba cerrada.
Ella no podía dejar de pensar.
Las revelaciones de la mujer agua se sucedían al par en que en nueve lunas llenas parió a su hija. El dolor del parto le recordó a Gabriel; rabioso de amor y le emplazó el nombre que él señalara, Luna.
La niña es lánguida, blanca de piedra mosqueta, atemperada, calculadora como el cóndor y será voraz tal el jaguar si es el deseo de Alicia. La madre le abre el tercer ojo que equilibra o enloquece a quien lo usa con el fin de manipular. Tomó entre sus brazos a la niña con su hálito cálido devolviéndole el destino para que se haga a sí misma.
Se dice que los hijos son herencia genética, vivencial, transmisión de experiencia sanamente desoída, e intenta protegerla.
La libertad tiene un precio porque delinque con el amor, en la medida que éste es una manifestación de la primera.
La mujer roca ama la posesión, aunque distinga que es melindrosa como la utopía de proyectar que los pájaros singularmente necesitan el aire. Del agua beben, en el humus descansan.
Quien calla sin protesta es tan culpable como aquel que impone la arbitrariedad de sus propias leyes.
La sanación de la unidad se gesta en la autoconciencia, conjunto armónico de instintos moderados por la emoción, permitidos por la razón ¿De qué me servirán mis prolongados silencios más que en perjuicio de mi ánima cuerpo? Ella, mi niña, debe decidir. Yo lo he hecho.
El manto frío es saludable, elijo la enfermedad del instinto. El cuerpo envejece perezosamente, el aura se cubre de hollín... recibo, siempre recibo... y doy... en la conveniencia.
La bondad ¿a quién acude?, ¿de cuáles beneficios me hablan? El de la miseria. Quiero (poseo), me angustio efímeramente hasta que me dejo convencer por su nuevo ardid (el de N). Palabra y acción deberían ser una. En mi se hienden._
En el dormitar en una ráfaga de realidad se le muestra uno de sus dioses, La Serpiente Emplumada. Es su padre y madre embravecidos por la fatídica ignorancia a los escrúpulos.
El hombre es hijo y amo de sus obras o ruinas.
Ella también es la hija renegada de ofidios alados. Se siente aturdida. Su cabeza gira en carrousell. Recuerda haber realizado el pentágono de seis puntas en la arena. Ese acto en el vigente segundo le espeluzna ¿Cuál es el objetivo de estar encima de un hombre? ¿Domesticarlo?, ¿criarlo?, ¿parirlo?, ¿o como la viuda negra devorarlo luego de su ofensa? ¿A quién ama verdaderamente? ¿Quizá a Gabriel?
Lleva sobre sus delgados hombros el karma de su obsesión que le ha sido devuelto tres veces; su hermano del Sol, que en sus venas llevará la antorcha de la pasión en el primogénito; su hija del Dios enojado que acudió a la venganza del abandonado y la hizo satélite astral, reflejo de la tierra, sueños de los hombres, hambre de los lobos. Y su propia vida desfigurada que recusa secretos a su hombre.
Mil y novecientas madrugadas se cuestiona el fundamento de sus celos que son sus esclavas que le encadenan de acero las piernas. Lo enfermo me seduce como quien oye una voz profunda, melosa, conocida, en idioma extraño que insta a seguirla. Un paso ulterior sorprende el precipicio con las borrascas y el océano, ganándose la carne de los impróvidos.
Me miro en el espejo. Recuerdo vagamente a mi padre enredado entre mujeres, la muerte silenciosa de mi madre en la hierba verde de la soledad.
Refleja a un pájaro de bellísimas plumas verdes azuladas segmentadas y en sus pupilas el mágico universo. Es ella la grava y su incompletud sin el agua, el oxígeno y el calor de su centro.