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La lucha de Onia

La vida de Onia, de un momento a otro, se paralizó. No fueron solo las dificultades que ella y su familia tenían para subsistir en su país, si no el vuelco que dieron sus vidas en el momento en que comenzaron a ser víctimas de persecución y extorsiones por parte de un grupo criminal. La recomendación de los cercanos y la policía fue clara: esconderse y simular que habían dejado el país. 

Mientras vivían escondidos pidieron una visa para viajar hasta Chile. Pero antes de que lograran obtener las autorizaciones para ingresar, el esposo de Onia se enfermó gravemente y no pudo acceder a tratamiento ni medicamentos en hospitales públicos, lo que provocó su muerte con tan solo 46 años. Ese día la vida de toda la familia dio un giro abrupto. 

Se sentía asustada y desprotegida. Fue una conversación con su hija que en ese 

entonces tenía 11 años la que determinó la decisión de emprender rumbo hacia Santiago, la capital chilena a través de un largo recorrido por tierra. 

“Mami, ya no quiero verte llorar, quiero volver a verte reír”, recuerda Onia que le dijo su niña. “Muchas personas juzgan, pero no saben qué hay detrás de una decisión como esta, que finalmente es arriesgarse a cruzar tantos países con dos hijos. Mis niños estaban desnutridos, sin ir al colegio, con mucho miedo, yo no podía quedarme”, cuenta.  

Una vez en Santiago de Chile consiguió un empleo donde estuvo tres años y medio, hasta que fue desvinculada. Sin trabajo y sin poder mantener su casa, cayó en una depresión: “Estaba desesperada, esperaba que los niños se fueran al colegio para derrumbarme”, recuerda.

Fue gracias a una intervención integral que le brindó la Vicaría Pastoral Social y al ofrecimiento de un servicio de apoyo psicológico que ella pudo acceder a un tratamiento de salud mental para salir adelante. 

“Me sentía tan mal que acepté y fue lo correcto, la terapia fue la base para no caer. Yo quería alguien con quien hablar, con quien desahogarme, alguien que me diera ánimo y escuchara”, reflexiona. 

Ella asegura que la terapia le ha regresado la seguridad, que le ha servido para valorar las cosas que ha logrado para su familia y ha aceptado el desafío de ampliar su círculo social. Ahora tiene dos amigas cercanas quienes se han vuelto su red de apoyo, y con quienes puede hablar. 



Autor:EDITORIAL

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