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Pero me lo dejaron encargado como si fuera una herencia maldita, y lo sé ahora, porque cada vez que lloraba se me rompía algo que ni siquiera empezó conmigo.
YO NO NACÍ ROTA.
Me rompieron y me enseñaron a quedarme callada, desde niña aprendí a tragarme las lágrimas como si fueran mi culpa, a no pedir amor porque siempre había un precio.
A ser “fuerte” porque nadie tenía espacio para mi dolor y a sobrevivir mientras me aplastaban la infancia a punta de gritos, silencios fríos y afecto condicionado.
Y claro… crecí!
Pero mis heridas crecieron conmigo.
Hoy, ya adulta, ya no siento el mismo miedo ridículo de una niña de cinco años.
Ya no me tiemblan las manos cuando alguien levanta la voz.
Ya no me esfuerzo por caerle bien a todo el mundo porque en mi cabeza, si no soy perfecta, me abandonan.
Un día me miré al espejo llorando, pero no de tristeza, sino de cansancio, y ahí lo dije en voz alta por primera vez:
-Crecí cargando dolores que no me correspondían, el enojo de otros, las carencias de otros, la violencia emocional de otros, las palabras que no eran para una niña, pero igual me las tragaron a la fuerza.
Me dieron historias rotas, y yo pensé que era mi obligación arreglarlas, pero ya NO.
Hoy entendí lo más crudo de todo, pues no puedo seguir pagando facturas emocionales que no generé, porque ese peso no me toca, estas lágrimas no son mías, el miedo no nació en mi cuerpo, pero lo sembraron ahí.
Este silencio no es mío, me lo metieron a golpes emocionales.
Y si voy a llorar, como lloro ahora, será para sacar todo lo que nunca debió quedarse en mí.
Porque sí, este dolor llegó hasta mí, pero conmigo se acaba.
Y eso también es SANAR, romper lo que te dejaron roto, aunque tú nunca fuiste quien lo quebró.
¿Te suena?