Dentro de mí habitan dos fuerzas que a veces parecen contrarias, pero en realidad se complementan: la humana y la espiritual.
La humana siente, tropieza, duda, se enoja y se cansa. Es la que experimenta el mundo material, la que aprende a través del dolor y la alegría, la que necesita abrazos, descanso y perdón.
El espíritu, en cambio, observa en silencio.
No juzga, no teme, solo comprende.
Sabe que cada emoción, cada error y cada caída, son caminos hacia la expansión.
Vivo entre ambas, y en esa danza encuentro el equilibrio.
No puedo negar a mi parte humana, porque gracias a ella el espíritu puede expresarse; y no puedo apagar mi parte espiritual, porque gracias a ella mi humanidad encuentra sentido.
Cuando permito que ambas caminen de la mano, mi vida se vuelve más clara. Ya no me castigo por sentir ni me pierdo en la materia, simplemente reconozco que soy alma viviendo una experiencia humana, aprendiendo a amar desde cada rincón de mi existencia.
Hoy abrazo mi dualidad.
No soy solo cuerpo, ni solo energía.
Soy el puente entre el cielo y la tierra, entre lo que siente y lo que comprende.