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Desde niño escuché una creencia muy distorsionada que me enseñó a llamar “demonios” a los pensamientos negativos, a los malos hábitos y a todas esas mentiras internas que, aunque parecían pequeñas, lentamente destruían mi presente. Durante mucho tiempo pensé que el problema era tener esos demonios. Pero hoy entiendo que el verdadero problema comenzó el día en que me senté a negociar con ellos.
Negociaba cada vez que me decía:
“Voy a decir esta mentira, pero voy a obtener algo a cambio.”
“Voy a alimentar este mal hábito porque me ayuda a soportar el dolor.”
“Voy a seguir haciéndome daño porque esto al menos me da cierto alivio.”
“Voy a permitir este comportamiento porque todavía no estoy listo para cambiar.”
Y así, poco a poco, fui convirtiendo mi propia destrucción en una conversación cotidiana de negociación conmigo mismo.
Hoy entiendo que negociar con mis demonios siempre fue abrirle la puerta a la justificación.
Era repetirme frases como:
“Soy así porque mi pasado fue doloroso.”
“Mi infancia me dejó roto.”
“Cuando sane mis heridas entonces cambiaré.”
“Mañana sí comienzo.”
“Necesito entender más profundamente mi problema antes de transformarlo.”
"Otros tienen la culpa de lo que me pasa"
Me pasé años buscando explicaciones complejas, razones milenarias, traumas familiares, heridas ancestrales y culpables invisibles para intentar comprender por qué era como era.
Me convertí en un experto analista de mi propia basura emocional, creyendo ingenuamente que comprender el origen del sufrimiento automáticamente me iba a liberar de él.
Pero la verdad terminó golpeándome de frente:
Entender mi oscuridad no necesariamente la transformaba
Saber todo sobre ella no ayuda en nada.
Mi mente podía analizar el dolor durante años y aun así seguir completamente atrapada dentro de él. Porque una mente acostumbrada al sufrimiento siempre encuentra el argumento perfecto para mantenerse exactamente donde está. Siempre encuentra una excusa elegante para seguir postergando el cambio.
Y fue ahí donde comprendí algo incómodo, pero profundamente liberador:
Con los demonios no se negocia.
Porque en cualquier negociación con aquello que me destruye, yo ya había perdido desde el momento en que me senté a dialogar con ello.
Comprendí que si algo en mi vida tiene que desaparecer, no necesito pasar décadas buscando culpables en mi árbol genealógico, en mi pasado, en mi ancestralidad o en las heridas de otros. Llega un momento donde el cambio deja de ser un debate intelectual y se convierte en una decisión presente.
El cambio real ocurre cuando dejo de darle poder a aquello que me destruye.
No se trata de pelear violentamente contra mis monstruos internos con una rígida fuerza de voluntad. Se trata de quitarles el poder de decidir por mí. Se trata de cortar el diálogo interno que alimenta mis excusas, mis justificaciones y mis autoengaños.
Hoy entiendo que asumir responsabilidad absoluta sobre mi presente es mucho más poderoso que seguir buscando explicaciones infinitas sobre mi pasado.
Ya no quiero seguir viviendo como víctima de mis circunstancias.
Ya no quiero seguir dándole audiencia a lo que me lastima.
Ya no quiero seguir argumentando con mi negatividad ni justificando hábitos que lentamente me destruyen.
Mi derecho a vivir en paz, a disfrutar, a sentir libertad y bienestar no es una recompensa futura. No es algo que llegará el día que finalmente “entienda todo”. Es un derecho que existe ahora mismo, en este instante presente y consciente.
Por eso hoy elijo algo diferente.
Elijo romper la mesa de negociación.
Elijo recuperar las riendas de mi mente.
Elijo dejar de conversar con aquello que me roba la vida.
Elijo dejar de posponer mi libertad.
Y aunque a veces la verdad duele, también libera:
Nunca vuelvo a sentarme a negociar con mis demonios."